DIAMANTE – Barrabas y la Maldición

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Autor del Blog: Jorge Mier Hoffman en Machupicchu

BARRABAS Y LA HISTORIA DEL DIAMANTE

El diamante se ha formado a grandes profundidades y aparece en la superficie ligado a fenómenos volcánicos en el interior de una roca básica (kimberlita) se puede hallar también en arenas a causa de la meteorización de la roca y posterior transporte. La formación de diamantes esta vinculada principalmente con la cristalización del magma residual de composición ultrabásica rica en compuestos volátiles.

La mayoría de los diamantes se encuentran en vetas y minas de roca kimberlita, como en Canadá y Sudáfrica, de donde se extraen la mayoría de diamantes que adornan las joyas del comercio mundial. Pero sin embargo, los diamantes más puros, cristalinos y perfectos, son los hallados en los ríos, porque fueron tallados y pulidos por la madre naturaleza por millones de años, con la magia que conlleva su hallazgo, ya que ellos sólo aparecen para las personas seleccionadas, lo cual agrega un misterio a su localización: Es lo que aseguran los mineros que, con sus “surucas” lavan la fina arena de los ríos, de donde se han extraído los diamantes más famosos de la historia, como el Diamante Libertador que posee la Corona Británica, el cual fue tallado y pulido por miles de millones de años en un río de la Gran Sabana venezolana, cuya historia es tan fascinante como la magia de los diamantes, ya que fue hallado por un personaje de nombre “Barrabas”, a quien mi madre tuvo la fortuna de conocer y compartir con él la búsqueda de los diamantes, como una historia inédita y fascinante que narro a continuación:

Las zonas diamantíferas venezolanas se encuentran situadas en el Estado Bolívar, en la parte noreste y en la Gran Sabana. El descubrimiento de las riquezas diamantíferas en la Gran Sabana, se debe al doctor Lucas Fernández Peña, farmacéutico valenciano convertido en hacendado, quien fundó la población con el nombre de Santa Elena de Uairén, en honor a su hija y al río que atraviesa lo que actualmente es la ciudad, en plena dictadura gomecista, y con la real amenaza de anexión ante el avance de colonos Ingleses desde la Guayana Británica (hoy Guyana). Con su fundación Peña salvaguardó una gran parte del sureste del territorio venezolano, 8 años más tarde llegaron los primeros misioneros capuchinos, y en 1945 el aún caserío fue elevado a la categoría de Municipio.

Venezuela

Mi madre, “Nina”, me contó la fantástica historia de un minero que conoció en 1956 cerca de Santa Elena de Uairé, cuando su hermano, o sea mi tío, Máximo Hoffman se desempeñaba como Prefecto del pueblo, donde reinaba Don Lucas Fernández Peña como el amo del valle, dueño de prácticamente todo en el pueblo y padre de las mujeres más codiciadas por los solteros. Un buen día conoció a un personaje famoso, porque su nombre había ocupado los principales diarios del mundo. Se trataba de un humilde minero de origen trinitario, Jaime Hudson, a quien apodaban “Barrabas”.

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Delia Saturnina “Nina” Hoffman de Mier

Jaime “Barrabas” era un hombre simpático, y muy conversador, que contó a mi madre la fabulosa historia de un diamante que congregó a las más afamadas firmas de talladores a nivel mundial, y por algún tiempo su nombre fue noticia por el sensacional descubrimiento, puesto que el diamante que halló, de 155 quilates y 31 gramos, de nombre “barrabas” se encuentra entre la joyería de la reina de Inglaterra…

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Santa Elena de Uairen y Pacaraima 2014

ESTA ES LA HISTORIA DE BARRABAS

Barrabas era un negro alto y fibroso que nació en El Callao cuando aún Gómez mandaba en Venezuela (1929). Pero su verdadero nombre era el de Jaime Teófilo Hudson, nombre inglés por la procedencia trinitaria de sus padres.

“Barrabás”,  el gran diamante

Cuando tenía 25 años, durante una mañana fresca del año 1942, cuando el pájaro minero lanzaba su agradable trino premonitorio, Barrabas y su compañero de faena “El Indio Soler”,  dialogaban mientras relavaban los desechos arenosos dejados por otros mineros al borde de una quebrada:

-Caray, tan dura que es la vida del minero –dijo el Indio Soler con cierto lamento.

-De veras que es dura, Indio; pero, no es para tanto, mira que hoy tengo una gran presentimiento.  Presiento que algo bueno nos va a ocurrir –lo alentó Barrabas al tiempo que  giraban y chaqueaban la suruca con el material de desecho.

Ya la había visto, pero le resultó tan grande, que la desechó como tantos cristales de roca que confunden a los inexpertos mineros que se dejan deslumbrar por el brillo de los cristales de cuarzo.

Y como siempre acostumbraba luego de la frustración de no hallar diamante, Barrabas lavó nuevamente el material de desecho, cuando la piedra lo cautivó por segunda vez… No había terminado de soltar la frase cuando le brotó como milagro la piedra preciosa con la que siempre había soñado, tal vez como la perla, aunque menos trágica, buceada por Kino en el mar de  Nayarit.

Había encontrado Barrabas la piedra con la cual sueña todo minero. La imaginación popular siempre fluida e hiperbólica la dimensionó del tamaño de una pera, pero la verdad que no era tanto ni tan pequeña, no obstante estaba por casualidad ante la piedra preciosa hasta hoy más gran de Venezuela.

La piedra de 155 quilates (31 gramos) resultó ser de gran pureza. 

Cuando los compradores internacionales supieron del hallazgo se movilizaron y llegaron hasta Urimán y negociaron con Barrabas el diamante por un precio insignificante del cual sólo correspondió al minero 68 mil bolívares que fue a hacer efectivo en Caracas.

Enterado el Presidente de la República, Medina Angarita, quiso ver la piedra de diamante y conocer a Barrabas que no encontraba donde meterse para resguardar su humanidad de tanta admiración y asedio.  De manera que Jaime Teófilo Hudson viajó a Caracas muy bien cortejado, visitó el Palacio de Miraflores y de allá salió la piedra con nombre: “Diamante Libertador”.

La prensa nacional explotó el tema del hallazgo y la noticia trascendió más allá de nuestras fronteras.  La Casa Harry Wiston de Nueva York se interesó y gestionó su adquisición ofreciendo ¡Medio Millón de Bolívares!

El diamante de Barrabas fue examinado por el experto gemólogo Adrián Graselli, quien en una impresionante ceremonia lo fraccionó en cuatro partes para ser tallado.  Del fraccionamiento resultaron una piedra de 40 quilates, otra de 11.12, una tercera de 8.92 y la cuarte de 1.44  quilates.  La mayor fue vendida en subasta pública por 185 mil dólares. Con lo cual, del diamante de Barrabas se obtuvieron cuatro gemas: tres con talla brillante esmeralda, con los siguientes pesos: 39,80 – 18,12 – 8,93 quilates. En 1947 el brillante “Libertador” (39,80 quilates) fue vendido por Winston, quien lo compra nuevamente en el año de 1960

El diamante de Barrabas se transfiguró en sueñuelo para mucha gente del país y de vecinos que soñaban y sueñan con ser fortuna de la noche a la mañana. Del Brasil, Colombia y las Guayanas inglesa, holandesa y francesa comenzaron a llegar forasteros, lo cual obligó al Gobierno Nacional ha  constituir la Comisaría del Roraima con base en la fronteriza Santa Elena de Uairén.

La búsqueda de diamantes conjuntamente con la del oro permitió que se formaran pequeñas localidades como La Faisca, la cual llegó a tener una población de 3 mil habitantes.  Esta población, al igual de otras, desapareció al emigrar mineros atraídos por bulas mineras como la de Parupa, Río Claro, El Merey, Playa Blanca, San Salvador de Paúl y Guaniamo.

El veterano minero Carlos Amaya fue uno de los que tuvieron en sus manos el Diamante de Barrabas. Cuenta que parecía una pepa de jobo con la diferencia de que era blanca, sin ningún defecto.  “Tenía unos poros que uno le ponía la lupa y se veía hasta el oro lado”.

De esa época era, Serafín Sifontes, el Negro Díaz, Carlito Fernández, Miguel Alcalá, el Negro Odremán,  Rafael y Roberto Lezama, mineros buenos, de envergadura, que se hundían hasta cuatro meses seguidos en la montaña y que explotaba buenas minas muriendo, sin embargo, pobres.

Murieron tal vez pobres como Barrabás.  Porque este minero de El Callao de ascendencia trinitaria, malgastó en poco tiempo el producto de su gran diamante.  Quedó pobre como el primer día.  En los años 60, convencido de que su mejor momento había pasado, dejó de aventurar en las minas y se dedicó a explotar un negocio denominado “La Orchila” en la región de Icabaú. Finalmente en Tumeremo donde tenía un negocio igual llamado “La Fortuna”.

Cuentan que los buscadores de diamantes cuando visitaban La Orchila terminaban cantando en la cumbre de su jolgorio una vieja tonada inspirada en el hallazgo de aquella hermosa piedra brotada de la extinta bulla minera de “El Polanco”: “El diamante de Barrabás, el viento se lo llevó”

PRUEBA DE DUREZA A DIAMANTE EN BRUTO

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Barrabás”, el gran diamante

Muchos diamantes ha dado la Gran Sabana, a pesar de las diversas y estrictas figuras de protección ambiental que prohíben la actividad minera en esta zona, pero ninguno tan nombrado como el “Barrabás”. Su historia y la del hombre que lo extrajo son un relato entre la realidad, la fantasía, la memoria y el olvido.

Eun buen día de 1942, James “Barrabás” Hudson, “Támbara” y “el Indio” Solano amanecieron como de costumbre: hambrientos, más desesperados por un cigarro que por un plato de comida, fijos en la idea de dar con un diamante y sin un céntimo.

Fumaron y corrieron a donde el bodeguero en busca de algo de comer. Al otro lado del mostrador, Gilberto Dale no sucumbió. Todavía, hace poco, en una de las pulperías de la mina El Polaco hay uno de esos carteles que indican: “Hoy no fió, mañana sí”.

“A las dos o tres la tarde, de un barranco, en la planada de El Polaco, ya tenían el diamante; eso se hizo voz pública y todo el mundo salió a ofrecerles”, recordó Federico Sáez, dos veces alcalde de la Gran Sabana, en el sureste profundo de Venezuela. Gilberto Dale, un norteamericano, se transformó en el representante de los nuevos ricos.

Sáez llegó a la Gran Sabana en mayo de 1942. “Yo tenía 18 años, nos echamos 37 días de Tumeremo a Santa Elena de Uairén”, hoy el recorrido se completa en cinco horas.

Como él, 59 personas y 60 bestias cargadas subieron la escalera de Sierra de Lema, caminaron las inmensas sabanas con vista al Roraima, al Kukenan y superaron las aguas del Yuruani, del Kukenan, del Uairén.

“Aquí solo había un carro y era de la misión, un Jeep rojo recuerdo”. Al llegar, varias de las mulas, caballos, burros y bueyes fueron vendidos a los brasileros, los demás continuaron cargados de mercancía hacia La Patria, La Faizca, La Esperanza y El Polaco. “En esta última mina, tuve la dicha de conocerlos a los tres”.

En 2007, El Polaco era el hogar de ocasión de aproximadamente 300 personas.

El pueblo ocupaba las islas de arena y granza entre las lagunas dejadas por las intervenciones del río Surukun. Desde el aire era un área devastada, rodeada de selva.

Había varias bodegas y una venta de víveres de la misión Mercal. La escuela estaba pintada de un azul oscuro aceitoso y apenas si tenía cristales en sus ventanas. Las calles eran de tierra y las casas de zinc. Casi todas las barracas poseían antenas de televisión satelital. La basura vagaba a la intemperie.

En 2007, en El Polaco, ya no quedaba ninguno de los contemporáneos de aquellos tres. Algunos se fueron tras las bullas, que es como ellos llaman al mágico en que la tierra “echa” cochanos o piedritas brillantes. Otros murieron. Muchos víctimas del paludismo o curtidos de leishmaniosis, de llagas bravas.

“¿Qué si era muy grande? ¡Tenía el tamaño de una cebolla pequeña! Pesaba 155 quilates”, gritó Otto Escalante, un comprador de diamantes local, mientras que entre sus dedos índice y pulgar simulaba un rombo.

“Estoy seguro de que las piedras que pasan de un quilate son algo excepcional”.

“Támbara me contó que, cuando lo consiguió, él dijo éste es el fenómeno de El Polaco y lo puso aparte, pero él y el Indio Solano, que eran dos muchachos, tenían la duda de si era o no un diamante”. Lo lanzaban al aire, lo dejaron a un lado y siguieron trabajando. Barrabás, en cambio, volvió al corte, al final de la jornada y rescató la piedra.

Angélica Miranda, una de las mujeres con más años en el sector, una enfermera jubilada, diabética, natural de Ciudad Bolívar, capital estadal, lo recordó: “Era un trompo bellísimo, que lo ponían a bailar así. Lo cierto es que hay una mata de guama y ahí, debajo, un hueco en el que él (Barrabás) se consiguió la piedra”.

El guamo permanece casi suspendido en el aire. Del subte, por donde puede cruzar una persona, habría salido el “Barrabás”, camuflado en su aspecto blanquecino, lechoso.

“De ahí, del hoyo bajo el guamo, se fue pa’ Santa Elena. Lo agarraron unos, se lo llevaron pa’ Caracas y le entregó la piedra a unos más vivos. Dicen que en una mesa de 13 personas le dieron un martillazo a la piedra. Todo el mundo agarró y el Barrabás se quedó sin nada, nunca vio dinero porque lo que necesitaba se lo daban. Lo que tenía eran más deudas que cualquiera”, relató Miranda.

Se dice que, en Caracas, los mineros y su representante hicieron negocios con la Casa Harry Winston de Nueva York; que la joyera fraccionó la piedra en tres pedazos y que uno de ellos recibió el nombre de Libertador; otro habría parado en manos del actor Richard Burton y luego en el dedo de su amada de ojos violeta, Elizabeth Taylor.

Taylor lo habría lucido por primera vez en un baile benéfico en el Principado de Mónaco. Diez años más tarde, la construcción de un hospital en Bostwana, la llevaría a venderlo en 3 millones de dólares. Donó todo.

Los mineros habrían recibido alrededor de 200 mil bolívares, un monto que apenas les dio para pagar las deudas heredadas del frenesí y alargar los días de bonanza y relajo.

Juvenal Gil, un hombre que al sonreír expone un par de caninos de oro, conoció a “Barrabas” Hudson en Ikabaru, a 120 kilómetros de Santa Elena. “Barrabas” llegó con algo de dinero y el deseo de emprender un negocio o hallar una nueva piedra.

“¿Qué si lo conocí? Este pueblo se fundó en 1948 y yo llegué aquí con seis años. Claro que lo conocí. Era un negro altote, medía casi dos metros y le gustaba jugar barajas, amanecía jugando. Yo le vendía chocolate caliente. Trabajé con él en la mina. Aquella vez el devengó unos 100 mil bolívares. Se casó con Erasma Almeida, tuvo un hijo que llegó a ser general de la Fuerza Armada. Aquí vivió con la señora Fernanda Rueda”.

En Ikabaru, Barrabás se encargó de La Orchila, un prostíbulo.

“Yo trabajé con Barrabás y la señora Fernanda en La Orchila, él vendía cervezas y ofrecía mujeres venezolanas, colombianas y brasileras a los mineros de Ikabarú. Era negro, negro. Se le veían los ojos nada más y, cuando se reía, los dientes de oro. Ya para ese entonces no tenían nada”, contó Ernesto Vergiano, un pemón de Parkupik.

De La Orchila queda una casucha con techo de zinc, revestida con pintura de aceite azul. Los apartados, hechos de madera y bloque, desparecieron.

“Después se quedó solo y se fue a vivir en su casita de la calle El Dorado, en Tumeremo”, mencionó Juvenal Gil.

El sitio web del municipio Sifontes, del cual es capital Tumeremo, destaca, que en esa ciudad vivió James Hudson, “quien encontró el diamante más grande conocido hasta ahora, del tamaño de un huevo de gallina, al que se le dio el nombre de Libertador, vendido en 150 mil dólares, tallado y fragmentado se dice que es hoy una de las joyas de la Reina de Inglaterra”.

En Tumeremo, todos tienen algo que decir: Que lo invitaban de casa en casa y de taguara en taguara. Que Medina Angarita (el gobernante de aquel entonces) lo invitó a Miraflores. Que asistió con sombrero de pajilla. Que cambió el caballo por un carro negro enorme. Que se casó con una muchacha de buena familia y tuvo con ella un negrito al que llamaban “la piedra de Barrabás”. Qué si Támbara también se casó y alquiló un avión de Aeropostal para gozarse su luna de miel de pueblo en pueblo.

En la calle El Dorado se encuentra la plaza La Mina, cuya figura central —barbado, bajito, de sombrerito, con pala, batea, suruca y perro— se supone es Barrabás, pero a Pedro Vallés, nativo de Tumeremo, le resulta irreconocible.

“El era un negro altote y este es blanco y bajito. Era un hombre muy risueño, que se echaba unas carcajadas durísimo, como si fuera sordo. Fíjate que el perro parece una cebra. Yo siempre me pregunto quién sería el escultor y por qué no le puso el tabaco”.

“Una vez vinieron unos periodistas, nos pusieron a llenarnos de barro y nos filmaron. Después volvieron y le trajeron unos reales. Con eso montó la taguarita”, relató.

Barrabás pasó sus últimos años en la calle El Dorado, en una casa de bahareque y techo metálico, que entonces era una venta de cerveza y ron, nombrada La Fortuna y ahora una licorería identificada como Los Chaguaramos.

“Yo vi morir a Barrabás, eso debe haber sido en 1992. Prestaba servicios en el área curativa del Gervasio Vera Custodio de Upata”, recordó Asdrúbal Bonalde, enfermero del Hospital Rosario Vera Zurita de Santa Elena. Upata es la capital del municipio Piar.

“Si mal no recuerdo, sufría un problema respiratorio, tendría más o menos 80 años. Yo no sabía quién era, pero los compañeros me hablaron de él. Lo acompañaba un amigo. No tenía ni para comprar los remedios, murió en la inopia”.

Joyas y Diamantes malditos en la historia

Tesoros que están malditos, según la historia

TESOROS MAS GRANDES JAMAS ENCONTRADOS

El Tesoro del rey Tutankamon y la maldición de a momia

Algunas joyas esconden extrañas y misteriosas historias que han afectado a sus propietarios, lo que ha provocado que hayan pasado de ser codiciadas piezas a convertirse en poderosas “armas” cuyo supuesto poder de destrucción es capaz de acabar con generaciones enteras.

Fuente inagotable de anécdotas, envidias y admiración, las joyas siguen fascinándonos por su belleza, pero también por su historia, ya que son testigos mudos del paso del tiempo y seguirán existiendo mucho después de que los cuerpos que un dí­a adornaron no sean más que un recuerdo.

Las piedras preciosas han fascinado al ser humano desde tiempos inmemoriales. El hechizo que cautivó al hombre primitivo desde que las vio brillar a la luz de las hogueras en alguna de las cuevas donde buscó cobijo siguió estando presente a través de los siglos. Y los reyes, los príncipes y los poderosos de la Tierra las exhibieron engarzadas en sus coronas o sortijas como símbolos de poder y riqueza. Pero no solo eran apreciadas por su rareza y su belleza o por ser prácticamente indestructibles, sino por los efectos mágicos que tradicionalmente se afirmaba que surtían sobre quienes las portaban. Es más, se ha sostenido que esta clase de piedras se usaron como amuletos mucho antes que con fines de ornamentación al ser consideradas receptáculos de poderosas fuerzas sobrenaturales, como recogieron en sus lapidarios (del latín lapis, piedra) hombres tan ilustres como Teofrasto, san Alberto Magno. Paracelso. Roger Bacon, Alfonso X el Sabio, san Isidoro de Sevilla, Raimundo Lulio. Marbodio de Rennes y Gaspar de Morales, entre otros.

DIAMANTES MALDITOS

Las desgracias que les han sucedido a varios de los diferentes dueños de tres de las joyas más célebres del mundo parecen verdaderamente extrañas. Los diamantes Hope y Orlov, así como el Zafiro púrpura de Delhi han adquirido la fama de llevar muy mala suerte a quienes los poseen.

Los sitios de Internet Toptenz.net, Squidoo.comZumacaya.com los colocan dentro de sus listas de “gemas malditas”. Conoce las historias por las que estas joyas han adquirido tan mala reputación.

Diamante Hope

Este diamante de color azul marino tiene un peso estimado de 45.52 quilates y proviene de India. De acuerdo a la leyenda, fue tallado por una antigua deidad del sol y fue robado del ojo de un ídolo esculpido en honor a la diosa hindú Sītā. El primer poseedor de la joya fue Jean-Baptiste Tavernier, quien cayó en quiebra después de venderla. Entonces, huyó a Rusia, donde su cuerpo sin vida fue encontrado totalmente helado y agredido por alimañas.

Luis XIV, rey de Francia, fue su siguiente poseedor. Él tuvo una amante, la madame de Montespan, quien le pidió como obsequio el diamante. Poco después, ella cayó en desgracia y murió olvidada en 1707. Ocho años después, el rey exhibió la joya ante el embajador de Persia. Meses después, murió de forma inesperada.

En 1774, María Antonieta, esposa del rey Luis XVI de Francia, decidió portar el diamante, que no había sido usado en 60 años, y prestárselo a la princesa de Lamballe. María Antonieta, su esposo y la princesa murieron guillotinados varios años más tarde. El diamante pasó a manos privadas durante la revolución francesa y fue cortado en dos.

La primera pieza fue adquirida por Carlos Federico Guillermo, duque de Brunswick, quien, más tarde, cayó en quiebra. La segunda pieza fue conservada por el coleccionista holandés Wilhelm Fals, quien murió poco después de que su hijo le robara el diamante. El hijo se suicidó tiempo después del deceso de su padre.

Años después, la joya llegó a las manos del rey Jorge IV de Inglaterra, quien la incrustó en su corona y falleció a la postre. El siguiente poseedor del diamante fue el príncipe Iván Kanitowski, quien le obsequió el diamante a una vedette a quien asesinaron días después.

Los últimos propietarios de la joya, el griego Simón Montarides, Abdul Hamid II y la familia MacLean, también tuvieron muertes trágicas, la mayoría de ellas atribuidas al uso del diamante Hope. Desde 1958, éste es una de las joyas más visitadas del Museo Smithsoniano de Historia Natural.

Según Wikipedia, esta es la lista de los propietarios del diamante y la manera en la que murieron.

1. Jean-Baptiste Tavernier (1689): muerto de frío y medio devorado por las alimañas.
2. Nicolás Fouquet (1680): en prisión.
3. Luis XIV (1715); gangrena.
4. Princesa de Lamballe (1792): linchada.
5. Luis XVI y María Antonieta (1793); decapitados en la Revolución francesa.
6. Catalina la Grande (1796): apoplejía/infarto.
7. Wilhelm Fals; asesinado por su hijo Hendrik.
8. Hendrik Fals (1830): suicidio.
9. Jorge IV (1830): locura.
10. Francis Beaulieu: hambre.
11. Henry Philip Hope (1839):
12. Henry Thomas Hope (1862):
13. Jacques Colot (1904): suicidio por problemas mentales.
14. Lorens Ladue: asesinada por su amante Iván Kanitowski.
15. Príncipe Iván Kanitowski: asesinado por revolucionarios.
16. Subaya Hamid (1908): asesinada por su esposo:
17. Abdul Hamid II: depuesto en 1909 por la sublevación militar de los Jóvenes Turcos.
18. Simón Montarides y familia: su carruaje cayó por un precipicio.
19. Vincent McLean (1938): atropellado.
20. Ned McLean (1941): locura.
21. Elizabeth McLean (1946): sobredosis.
22. Evalyn Walsh McLean (1947): morfinomanía
23. Harry Winston (1958): ataque de corazón.

Diamante Orlov Negro

También conocido como “El Ojo de Brahama”, fue sustraído de un ojo de la estatua de un Buda por un soldado francés, quien murió trágicamente al poco tiempo. Llegó a las manos del zar Orlov, quien se lo regaló a la zarina Catalina II. Durante años, la joya permaneció en posesión de la realeza rusa, hasta que vino la revolución de 1917.

En 1932, el empresario de diamantes de Nueva York, J. W. Paris importó esta gema a Estados Unidos. Murió al poco tiempo, tras arrojarse por la ventana de un rascacielos. Quince años después, las princesas rusas Nadia Vygein-Orlov y Leonila Galitsine-Bariatinsky, que habían sido dueñas de ese diamante, también murieron por suicidios.

Después de estos acontecimientos, el diamante fue cortado en tres partes y comprado por coleccionistas privados, que hasta el momento parecen haber evadido la mala suerte.

Zafiro púrpura de Delhi

Su principal y último poseedor, Edward Heron-Allen, un científico amigo del escritor Oscar Wilde, expresó acerca de esta gema: “Está doblemente maldita y se tiñe con la sangre y la deshonra de todos los que la han poseído”. Llegado a sus manos de parte de un soldado bengalí, el zafiro le causó problemas desde el día que lo adquirió.

Él regaló la joya en dos ocasiones, ambas a amigos quienes sufrieron de pésima fortuna mientras la tuvieron consigo. Así que Heron-Allen la tiró a un río, pero la gema le fue devuelta tres meses después por un joyero que la había encontrado en el drenaje. Entonces, el científico decidió encerrarla en una caja fuerte enclaustrada dentro de otras siete cajas que tenían dentro de ellas decenas de amuletos para la buena suerte.

Después de la muerte de Heron-Allen, en 1943, este zafiro pasó a ser propiedad del Mueso de historia natural de Londres, Inglaterra. Ahí permanece desde esa fecha.

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