PETRA – Excavada en la Roca

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Autor del Blog: Jorge Mier Hoffman en Machupicchu

Petra Lost City of Stone

PETRA

Las grandiosas construcciones de época romana o bizantina se han hundido, los tesoros de las tumbas han sido saqueados, hasta los edificios moldeados en la roca se diluyen en el viento…

Pervive lo eterno: las vetas rojiblancas de la arenisca y el fulgor de las flores de las azaleas que emergen entre las propias piedras del milenario decumanus.

Petra 2004

Petra, en medio del desierto jordano, es un grandioso enigma revelado apenas hace algo más de un siglo; una sorpresa que hoy sigue asombrando y creciendo, a medida que prosiguen excavaciones que van -de año en año- engrandeciendo el patrimonio visible en este territorio desértico.

La ciudad, a unos 250 kilómetros al sur de Amman, se asienta en un lugar fragoso, accidentado, en uno de los bordes de la fosa del Rift, hundimiento que cruza de sur a norte el territorio africano y que se prolonga por el Mar Rojo, Mar Muerto y Valle del Jordán.

Talladas a plomo en las moles de piedra arenisca destacan las fachadas de templos y monumentos funerarios, fundiéndose arquitectura y paisaje en un todo caótico con aires de extraña modernidad.

En torno a la ciudad ha crecido una aldea, Wadi Mousa (río de Moisés), donde hay docenas de hoteles en medio de una geografía desordenada; Un marco pobre para la joya que -afortunadamente- está casi totalmente oculta por montañas a esta fiebre urbanística.

Si antaño los beduinos vivían en las propias tumbas de Petra, hoy se han establecido todos en Wadi Musa, y entre su fecundidad y la inmigración han elevado el censo del enclave desértico a unas 25.000 personas.

De muy lejos provienen los asentamientos humanos en estas tierras tan áridas. Ya en el neolítico, Petra tuvo un poblado. En la cima de Umm al-Biuyara, hubo un enclave edomita. Luego, en el siglo VI a.C. se estableció por allí la tribu de los nabateos, nómadas procedentes del desierto arábigo, que lograron prosperidad mediante el saqueo y el comercio.

Por el entorno del lugar pasaba la Ruta del Incienso, que proveía de éste a Roma y otros territorios, un producto caro, utilizado en fiestas, ceremonias y procesos de enterramientos. El Imperio Nabateo llegó hasta el Mediterráneo, Siria y Arabia, controlando las rutas caravaneras y Petra debió ser algo así como la capital espiritual del mismo. Aguantó la presión romana hasta el año 106 después de Cristo. Ese año, la ciudad pasó a integrarse en la provincia romana de Arabia.

Petra se modernizó entonces, pero perdió vigor. Los nabateos declinaban en lo comercial, en tanto que florecía, más al norte, la ciudad de Palmira.

Hubo pronto un activo cristianismo en el lugar y una importante ciudad bizantina. Luego llegó la decadencia casi total bajo la dominación árabe. Aún estuvo vinculada a los cruzados durante algún tiempo. Todavía son visibles algunos restos fortificados por los invasores francos. Y luego …el olvido.

Petra desapareció de la historia desde 1267 a 1812. Al menos para Occidente.

Hubo un personaje clave para el redescubrimiento. Se trata de Jean Louis Burkhardt, nacido en Suiza en 1784, que estudió el árabe y se convirtió al islam, cambiando su nombre por el de Ibrahim Bin Absukkah.

Este viajero, conoció en 1812 el territorio jordano y la caravana en la que viajaba en dirección a La Meca pasó cerca de Petra, donde oyó hablar de una ciudad oculta, que nadie quiso mostrarle.

Para acceder a la misma buscó una estratagema. Vio un pequeño monumento sobre unas montañas y le dijeron que era la tumba de Aarón. Él declaró que era un peregrino y había hecho el voto de sacrificar una cabra en su honor. Finalmente, comprobado que era un creyente viajero y que iba a hacer un sacrificio, no le impidieron acceder hacia el interior, descubriendo entonces la ciudad secreta, que él mismo identificó como Petra.

Burkhart no llegó hasta la cúspide donde está la tumba de Aarón; sacrificó la cabra en la parte baja, junto a las ruinas de la vieja urbe. Al parecer, este peculiar suizo tenía contactos con los británicos, que pronto pusieron en marcha nuevas investigaciones sobre la ciudad.

Pero Petra se sigue descubriendo cada día. El viajero que llega a Wadi Musa, en medio de una población destartalada, sueña con esas imágenes de clasicismo y arena, que no descubrirá hasta la mañana siguiente.

En las rampas de entrada al recinto hay ambiente de feria. Al viajero le ofrecen desde caballerías a botellas de agua o gafas de sol.

Pese a la hora temprana, quema este sol en el ámbito desértico, cuando se inicia la bajada por una rambla seca, en un camino polvoriento que huele a deyecciones de ganado. …Y luego las sorpresas: los Djin blocks, extraños monumentos cubistas, de ignota función; la tumba de los Obeliscos, de reminiscencias egipcias, y poco después el Siq, un angosto desfiladero de cuatro a seis metros de anchura, con farallones de 40 a 170 metros de alto y con algo más de un kilómetro de longitud.

En los inicios del Siq aún se perciben construcciones hidráulicas y un arco nabateo de aspecto triunfal, que ya es ruina. Luego el camino va descendiendo y haciéndose cada vez más estrecho. El desfiladero fue tal vez una vía de purificación espiritual, un lugar donde encanta el ambiente de silencio, en el que se goza del frescor de la umbría y del aroma de las higueras que crecen entre la roca, y al que llegan los cantos de las alondras.

En las paredes se observan hornacinas en honor al dios Dushara, un desfile procesional de hombres y animales (casi borrado por el tiempo y la barbarie), inscripciones históricas y hasta un altar de sacrificios, sencillo, en medio del camino, y al lado de un pequeño habitáculo excavado en la roca, tal vez lugar del sacerdote o para almacén de elementos de culto. Muy cerca del altar, una de las inscripciones reza: El enemigo de mi enemigo es mi amigo, y alude a la amistad con Roma, enemiga del imperio de Cleopatra.

El tortuoso avance por el Siq se va haciendo más misterioso a medida que se estrecha el pasillo. Más, de repente, como una revelación, empiezan a aparecer entre la fisura sombría de los farallones el brillo rosado y clasicista del Tesoro, el edificio más emblemático de Petra.

Envuelto en las leyendas, relativos al poder y las riquezas de reyes antiguos y faraones, se fraguó el sueño de que allí estaba escondido un inmenso tesoro, en la urna que se halla en el piso superior. El ansia por aquel tesoro hizo que numerosas gentes disparasen infructuosamente sobre esta mole maciza, consiguiendo únicamente el deterioro estético de la misma.

El conjunto monumental esta integrado por una fachada de dos niveles, la de abajo sostenida por seis columnas, y coronada por sendos obeliscos no finalizados. El interior es una sala cuadrada sin decoración actual alguna.

En su entorno, bulle una animada sociedad de muchachuelos vendiendo piedras de Petra (tres un dinar) y collares labrados en huesos de camello; no faltan los beduinos con burritos o camellos, dispuestos a facilitar el traslado aquellos que al cabo de un par de kilómetros de andar sienten ya la presión de los zapatos o el cansancio de los músculos.

A partir de este lugar el siq varía en dirección noroeste, pasando ante otra Sala Sagrada (al otro lado del Tesoro), donde debieron realizarse antaño funciones relativas a los enterramientos.

El viajero sigue adelante, hacia el corazón de Petra, por la calle de las Fachadas. Se trata de un denso conjunto de tumbas construidas por los nabateos en los farallones rocosos, con una cierta reminiscencia del arte asirio. Se puede acceder fácilmente a ellas, y hay al menos una cuarentena, de estructura notablemente similar.

El desfiladero deja de serlo a la altura del teatro. En la montaña opuesta aparecen unos inmensos enterramientos colectivos, los más grandes de Petra, denominados tumbas reales.

Es particularmente grandiosa la Tumba de la Urna, donde se guardaron los restos del rey nabateo Maluchos II, un edificio con una gran terraza abierta y columnatas en torno a ella, y un gran interior de paredes rectilíneas y gran capacidad. He de confesar que sentí emoción ante las bellas líneas clásicas del Tesoro, pero fue en el edificio de la Urna donde noté el pálpito de la historia.

Aparte de grandioso enterramiento, este lugar fue catedral bizantina, y en él aún se descubren pequeñas cámaras abiertas, sin duda para antiguas funciones religiosas. En el interior se siente el páplito del pasado.

Siguiendo la dirección de la rambla y paralela a ésta, aparece la vía romana pavimentada, el decumanus, construido en el año 106 al modo romano.

En torno a esta amplia calle estaban las ciudades romana y bizantina y a su lado se amontonan restos de numerosos monumentos: el ninfeo, los mercados, el Palacio Real, los baños nabateos, y las puerta del Témenos. Cerca del decumanus aparece también ro templo nabateo de considerables dimensiones, que se ha mantenido vigorosamente enhiesto hasta la actualidad. Los beduinos le llaman Templo de la Hija del Faraón.

Probablemente se trata de un gran lugar de culto, en honor del dios Dushara. Con sus muros de 23 metros de altura, es un documento excepcional constructivo porque se trata de la única edificación nabatea no excavada en la piedra.

Aún hay más… ruinas de iglesias bizantinas, del templo de los leones alados, restos amurallados y el Monasterio, un edificio similar al Tesoro……

Cuando dejé Petra, sentí hacerlo sin haber paseado de noche por las calles solitarias de la vieja ciudad inhabitada, contemplando el inquietante juego de luces y negruras que generará la luna en estos extraños edificios tallados en arenisca. Estoy seguro de que esa atmósfera misteriosa es propicia para poetas y soñadores, capaces de encontrar sentido a los sonidos de la noche y a las sombras misteriosas.

El recinto de Petra debe abandonarse por la noche. Las autoridades no permiten pasear ni acampar por allí.

Las ruinas de la antigua ciudad nabatea de Petra, en el desierto de Jordania, compiten en espectacularidad y belleza con las de Palmira, en Siria, Baalbek, en el Líbano, o Gerasa, en Jordania. Petra sigue despertando el entusiasmo de todos aquellos que la visitan. La grandeza de su arquitectura tallada en la piedra arenisca – que con sus vetas de colores rosados hace aún más soberbia su belleza– impresiona de tal modo al viajero que éste no se pregunta por los edificios que constituyeron en su día la ciudad de los vivos, para siempre aniquilada por los terremotos. En efecto, las fachadas dispersas por todo su perímetro corresponden en su mayoría a las tumbas de los riquísimos comerciantes, nobles y monarcas que compitieron por mostrar a sus paisanos su fortuna formidable. Pero Petra no era sólo una ciudad para los difuntos; los palacios, las casas, los negocios, los templos, los almacenes, los talleres y los espacios públicos daban cobijo a las actividades cotidianas de una ciudad próspera, bulliciosa y –como señaló el geógrafo griego Estrabón– abierta al establecimiento de extranjeros, por más que su localización proporcione la imagen de una ciudad cerrada y recóndita, accesible tan sólo para algunos privilegiados que vivían o se refugiaban en ella. Frente a las ciudades de su época, la muralla de Petra era su posición geográfica en medio de un laberinto de cañones horadados en la roca. Esa defensa natural resultaba tan poderosa que la mantuvo durante siglos oculta a la curiosidad de los extraños. La reforzaban bastiones como la torre Conway, que toma su nombre de Agnes Conway, la arqueóloga que la excavó en 1929, y algunos lienzos aislados; al parecer, la ciudad no se dotó de un verdadero recinto amurallado hasta mediados del siglo III.

Capital de las caravanas

El origen de la riqueza de Petra estuvo en el comercio caravanero. Hasta siete rutas confluían en la ciudad del desierto, desde donde se distribuían los productos hacia Alejandría, Jerusalén, Damasco, Apamea y muchas otras ciudades. Las fuentes literarias, como el Periplo del Mar Eritreo y Plinio, detallan las enormes tasas a las que estaban sujetas las mercancías que circulaban a través del reino nabateo. Se dan cifras de hasta un 25 o un 50 por ciento de imposición tributaria. Esa carga, unida al alto valor de los productos comercializados, como seda, betún, incienso, especias o mirra, y por la enorme cantidad de mercancías desplazadas permiten comprender el súbito esplendor del reino nabateo, ocasionado por la enorme demanda derivada de la Pax Romana, que se materializa en su portentosa capital.

Sobre la cronología del reino nabateo no se dispone de datos directos que permitan trazar una historia más o menos firme. Hemos de conformarnos con la información arqueológica y las noticias aisladas que proporcionan las fuentes clásicas, esencialmente Diodoro Sículo, Estrabón y Flavio Josefo. Toda esta documentación permite constatar que a mediados del siglo II a.C. existía una familia real en Petra, atestiguada por Estrabón, aunque la institución monárquica puede haber precedido a la dinastía de Aretas I, considerado tradicionalmente el primer rey nabateo; el nombre de Aretas I aparece mencionado en la inscripción nabatea más antigua, de 168 a.C. A partir de ese momento se consolidaron las estructuras del reino y se empezó a construir la necrópolis real. Los diferentes reyes competirían entre sí por lograr fachadas cada vez más bellas y espectaculares para sus tumbas talladas en las paredes rocosas.

La ciudad de los muertos

Desde el punto de vista formal, la tipología de tumbas talladas en la roca tiene su origen en el extraordinario conjunto de Naq i-Rushtan, la necrópolis de los reyes aqueménidas cercana a Persépolis, en el actual Irán, donde se hicieron enterrar los grandes soberanos persas como Darío I o Jerjes. Esta costumbre se extendió por todo el Oriente helenístico, desde Anatolia, donde se encuentran los hipogeos de Myra, hasta la Arabia Felix (el actual Yemen) y Jerusalén. No se trata, pues, de una invención nabatea, aunque las características de la piedra arenisca de Petra le otorgan un aspecto singular y único. Por otra parte, esta arquitectura presenta, además, influencias orientales, con decoración de escalinatas en la cima de los monumentos, obeliscos y motivos geométricos, basada en modelos asirios, persas o egipcios; y también un gusto más barroco, de inspiración helenística y romana. Los estudios ponen de manifiesto que la ciudad monumental corresponde básicamente a la época imperial romana, después de que Petra cayera bajo la órbita de Roma en el siglo I a.C. Las fachadas de las tumbas reproducen las de los grandes templos, como si los difuntos compitieran con los dioses en la suntuosidad de sus moradas.

Las inscripciones que permiten identificar a los personajes relacionados con estos edificios son muy escasas. La más importante se ha hallado fuera de Petra, en la cercana capilla de en-Numeir. Está datada en el año 20 d.C. y contiene una importante secuencia de soberanos nabateos: «Ésta es la estatua de Oboda, el dios, que han hecho los hijos de Honianu, hijo de Hotaishu, hijo de Petammon… colocada aquí junto al dios Du-Tarda, dios de Hotaishu, que están en la capilla de Petammon, su bisabuelo, por la vida de Aretas, rey de Nabatu, que ama a su pueblo… y de Shaqilat, su hermana, la reina de Nabatu, y de Malco y de Oboda y de Rabel y de Fasael y de Sha’udat y de Hagiru, sus hijos, y de Aretas, hijo de Hagiru… en el mes… del año 29 de Aretas rey de Nabatu, que ama a su pueblo…».

En el interior de Petra se ha encontrado otra importante inscripción. Se trata del epitafio de Sextio Florentino, gobernador de la provincia de Arabia en el año 127, que grabó su hijo en cumplimiento del testamento de su padre. Florentino, de rango ecuestre, debió de morir durante su gobierno en la provincia y adoptó el uso tradicional de la aristocracia local en su monumento funerario.

Lost Treasures Of Petra (SECRET ANCIENT HISTORY DOCUMENTARY)

La ciudad de los vivos

Los espectáculos, la vida política, los pleitos, el mercado… Todo tenía su espacio en la brillante ciudad donde recalaban caravanas de dromedarios cargados de exóticos productos llegados de los rincones más lejanos de Oriente. La ciudad hoy olvidada de los vivos, el escenario de la actividad diaria de sus habitantes, poseía varios espacios públicos entre los que destaca el magnífico teatro, tallado en la roca viva probablemente durante el reinado de Aretas IV (8 a.C.-40 d.C.) y remodelado tras la incorporación de la ciudad a Roma para dar cabida a 6.000 espectadores.

Una gran vía con columnas, la principal arteria de Petra, porticada a ambos lados y a la que se abrían las tiendas, locales y negocios, unía los principales espacios públicos de la ciudad, como los grandes templos. Uno de ellos ha proporcionado una de las novedades más espectaculares desde el punto de vista arqueológico en los últimos años. El llamado Gran Templo, edificio nabateo del siglo I a.C., fue remodelado en su interior tras la anexión de Petra al Imperio romano. Las excavaciones dirigidas desde 1993 por la arqueóloga Martha Joukowsky han puesto de manifiesto que en el siglo II se habilitó en él un pequeño teatro con capacidad para más de 300 personas. Es muy probable que fuera usado como odeón –un edificio destinado a certámenes musicales–, aunque también se ha sugerido que podía tratarse de un bouleuterion, el lugar de reunión del consejo de la ciudad o boulé. Aparentemente, también se empleó para sesiones de carácter judicial, presididas por el gobernador provincial romano cuando éste visitaba Petra. La transformación de un recinto religioso en un espacio cívico no es insólita, pues se conoce el caso del Artemision de Dura Europos, en Siria. La originalidad del edificio, no obstante, es extraordinaria, como se ve en los capiteles en los que las volutas del estilo jónico se han convertido en cabezas de elefante; al parecer las paredes estaban estucadas y aún mantienen restos de decoración pictórica.

La ciudad Oculta De Petra

Agua en el desierto

La arqueología proporciona información sobre algunos aspectos de la vida cotidiana en Petra. Por ejemplo, las excavaciones han revelado que el pescado formaba parte destacada de la dieta de los habitantes de Petra, y que su consumo se acrecentó con el tiempo. Los datos disponibles en el barrio de ez Zantur, situado al suroeste de Petra, indican que aproximadamente una cuarta parte de los restos de fauna hallados corresponden a pescado procedente del mar Rojo, que se encuentra a 150 kilómetros de distancia. Casi el setenta por ciento pertenece a ovejas y cabras, mientras que los restos de aves suponen apenas un ocho por ciento, esencialmente pollo y perdiz local. Como curiosidad, diremos que en Petra hay una ausencia total de gatos; quizá la introducción de estos animales tuviera lugar ya en época bizantina, durante el siglo VI.

En cuanto a la agricultura, el área de Petra dedicada a cultivos era considerable. Entre finales del siglo I a.C. y finales del II se construyeron numerosos diques y canales. Muchos restos de estas pequeñas represas son aún visibles en el área circundante de la ciudad, pero lo que resulta más vistoso son los canales que conducen el agua a su interior, que todavía hoy son causa de admiración entre los viajeros que discurren por el Siq, el angosto desfiladero que conduce a Petra. El agua abastecía fuentecillas y estanques en el área urbana, así como a un gran ninfeo, un santuario dedicado a las ninfas, diosas acuáticas, cuyos restos todavía son visibles en la vía Columnada, junto a un árbol solitario, testigo de la humedad del lugar.

Pero aún falta por excavar el ochenta por ciento de la superficie de Petra, cuyo palacio real tuvo que ser de una extraordinaria suntuosidad a tenor de la grandeza de los edificios públicos conservados y de las fabulosas riquezas que atribuyen las fuentes clásicas a sus gobernantes. Estrabón dice que las casas eran de piedra y lujosas. Las más antiguas, del siglo III a.C., no responden a ese estereotipo, pero su construcción mejora a partir del siglo I; se labran los sillares, se pavimentan los suelos, las paredes se decoran, se canalizan las aguas subterráneas y las viviendas se dotan de letrinas, e incluso de termas. En una gran mansión, destruida por el terremoto de 419, aparecieron los restos aplastados de una mujer y un niño. Pero las ruinas causadas por los tres grandes terremotos que destruyeron Petra ocultan, sin duda, testimonios de la vida del reino nabateo que depararán importantes sorpresas a los arqueólogos.

Time Travellers: Secrets of the Red City (History Documentary)

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